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Chimbote y la institucionalización del aburrimiento

Chimbote y la institucionalización del aburrimiento
Chimbote y la institucionalización del aburrimiento, © José Rojas Quiroz
© José Rojas Quiroz

Sí, pues. Creo no conocer bien las ciudades y estoy escribiendo sobre una. Pero ¿qué ciudad? ¡Chimbote, Chimbote, Chimbote! Esa es la ciudad que menos entiendo y más me entusiasma. - José María Arguedas.

Las ciudades son sistemas difíciles de entender y de gestionar, complejos por la cantidad de relaciones que se reproducen en ellas a diario. Parte de lo que explica su complejidad es que para que un lugar sea considerado como tal, como ciudad, no necesita solo de grandes edificios o de infraestructura, sino que, por sobretodo, necesita de una dimensión pública que dé lugar a la ciudadanía, a un sentimiento de posesión de las personas con su ciudad.

Como país, estamos a la vuelta de la esquina de uno de los momentos más notorios de nuestra condición de ciudadanos, unas nuevas elecciones regionales y municipales. Y esto no es poca cosa para una ciudad como en la que vivo, que en más de una ocasión ha llevado al poder a personas que hoy viven en cárceles.

Puede ser interesante, antes de entrar en el tema central de este ensayo, traer a memoria lo que Alberto Vergara explica como el mandato que predomina en el país desde finales del siglo pasado, el ‘compra y calla’. Una orden que viene impartida desde las posiciones más altas de la política y la economía del país hacia las posiciones más bajas de la sociedad -la población, el ciudadano de a pie-, basada en la idea de que las personas somos vistas por estas élites como entes que tienen el único fin de satisfacerse en el mercado, y no como “ciudadanos que, directamente o a través de representantes, construyen un orden político e institucional legítimo”, (Vergara, 2015) que creo ha influido en la forma en la que usamos y entendemos a la ciudades hoy en día.

Sin importar que nos roben, desde hace ya bastantes años en el Perú preferimos elegir a autoridades que construyan obras, sin cuestionar la pertinencia ni la calidad de éstas. Parece que se creyera que añadir más cemento en nuestras ciudades es sinónimo de modernidad, de crecimiento, de desarrollo.

Pero es difícil hablar de desarrollo en una ciudad como Chimbote, en la que sus habitantes arrojan sus desagües a uno de los recursos naturales más bonitos con los que cuenta, su bahía, sin la menor muestra de indignación.

Por aquí la ‘modernidad’ vino a instalarse desde mediados del siglo pasado con la promesa de una ciudad industrializada. Y entonces es más difícil aún hablar de modernidad en una ciudad que idealizó esta palabra como puro crecimiento económico, convirtiéndola en un fin, y no en un medio para alcanzar mejores condiciones de vida; fin capaz de arrasar con todo con tal de mantener su dominio. (Barros, 2012) José María Arguedas alguna vez escribió en este lugar y sobre este lugar, atraído por su complejidad cultural: negros, cholos, indios, chinos, prostitutas, ladrones y empresarios sin entrañas se alojaban en Chimbote. Una complejidad cultural que no tardaría en manifestarse con desprecio hacia los más débiles, los más pobres, los desfavorecidos, los ‘zorros de arriba’.

Vale la pena recordar esta idealización de la modernidad para entender cómo ha venido creciendo la ciudad en los últimos años. Y entenderla no solo desde el espacio físico, desde lo construido, sino también desde el campo de lo político y lo económico. Porque, repitiendo lo mencionado al principio del texto, la ciudad es un sistema complejo y por lo tanto necesita ser vista y atendida desde distintos puntos de vista, todos relacionados de alguna manera.

Por aquí, en Chimbote, nos movemos todos en un transporte público que consta de colectivos, combis y microbuses. Un sistema de transporte no solo incómodo, sino inseguro. Un sistema de transporte, por lo tanto, tan deficiente que, como cualquiera con estas características, no solo incentiva el uso del automóvil particular, sino la idea de que sólo a través de éste podemos ser ‘alguien’, ciudadanos realizados y respetados en el espacio público. Quizá el reflejo de la calidad de todos los demás servicios públicos.

Y en su continuación, Nuevo Chimbote, la situación es bastante similar. Un distrito cuya idiosincrasia puede ser entendida desde uno de sus más reconocidos hitos, su catedral. Una catedral que quiere aparentar lo que nunca pudo ser: de otro lugar y de otro tiempo (Romero, 2017), intentado mostrar tener rasgos europeos y ser de bastantes siglos atrás; buscando identidad no a través de la historia, sino a través de cómo pueda venderla.

En Chimbote, la ciudad que creció dándole la espalda a su bahía, formada por la búsqueda de una vida económicamente productiva, no hay mucho que hacer, no hay mucho con lo que divertirse. Y esto no solo por la poca oferta de locales para actividades culturales o de recreación, sino porque en la misma calle, en el espacio público, no hay mucho con lo que encontrarse. Parece difícil que esta situación cambie con la preferencia por el uso del automóvil a la hora de construir la ciudad; por, en general, la preferencia a construir cemento antes que ciudadanía.

Y es también difícil hablar de ciudadanía cuando el concepto de esta palabra ha sido reducido a una cuestión de poder adquisitivo. Uno de los más claros ejemplos de esto, originado en un contexto político-económico que incentiva la ganancia individual y el consumo, fue la construcción del centro comercial Megaplaza, en el 2011. Un edificio construido en una zona que contaba con uno de los pocos refugios de flora y fauna de la ciudad; una reserva ambiental por la que nadie se levantó. En una ciudad que se volvió aburrida, útil solo para una precaria producción económica, en la que la calle es solo un espacio de tránsito, de ir y venir sin mayor emoción, la construcción de un centro comercial de esas características no hizo más que institucionalizar todo este aburrimiento. [1] Como es obvio, a estos lugares solo se puede acudir a consumir, a comprar; solo en ese acto se acepta al otro como igual. Parece que por aquí nos acostumbramos a comprar y callar.

Lo que sí parece ser un poco más sencillo es establecer un consenso en la idea de que la cantidad y calidad de espacio público existente en una ciudad influye en las relaciones entre ciudadanos, sea para bien o para mal. En una entrevista de hace ya algunos años, Julio Cotler menciona la importancia que ha tenido la educación pública de calidad en países europeos para el encuentro –y respeto- entre ricos y pobres. Precisamente en ese sentido la calidad del espacio público –calles, parques, plazas- “se puede evaluar por la intensidad de las relaciones sociales que facilita, por la diversidad de actividades que se realizan en él, por su capacidad de acoger y mezclar distintos grupos y comportamientos”. (Atencia, 2012)

Si la dimensión pública en la ciudad se ha visto reducida y menospreciada con los últimos años de crecimiento, podría ser ésta una consecuencia de la preferencia por lo privado, tanto a nivel colectivo como individual; y esto a su vez ha contribuido con una pérdida de ciudadanía que ha terminado legitimando tal situación. Entonces nos damos cuenta que el aburrimiento nos ha adormecido. Y adormecidos hemos olvidado discutir el crecimiento de nuestra ciudad, no solo desde el gremio de los arquitectos, sino en general desde todas las disciplinas académicas. Casi como olvidando que el entorno físico en el que habitamos influye en nuestras relaciones sociales. Quizá también como consecuencia misma de la pérdida de espacios de encuentro informal, de regalar la ciudad a modelos de vida individualistas y alienantes, el intercambio de ideas y opiniones se ha ido apagando y siendo cada vez menos atendido.

Otra cosa que tampoco parece muy difícil de entender es que la manera como está formada la ciudad en la que vivimos está ligada al tipo de personas que somos y queremos ser, o que ésta es un reflejo de las relaciones que mantenemos con la naturaleza. (Harvey, 2012) ¿Entonces, qué clase de personas somos los chimbotanos? ¿Qué clase de personas queremos ser?

Ojalá que el aburrimiento no nos quite la capacidad de imaginar nuevas formas de crecimiento para nuestra ciudad.

Referencias:

  • Atencia Gualda, S. (2012). Estrategias de diseño bioclimático en el espacio público urbano. El caso de las calles peatonales de la ciudad de San Miguel de Tucumán, Argentina. (p. 9). Universidad Internacional de Andalucía.
  • Barros, M. J. (2012). Chimbote en El zorro de arriba y el zorro de abajo de José María Arguedas: entre la sociedad urbana y la sociedad rural. Aisthesis, 51, 141-157.
  • Harvey, D. (2012). Rebel Cities: From the Right to the City to the Urban Revolution.
  • Romero Alamo, I. (2017). Edificio genérico, infierno grande. Revista La Chimenea. Recuperado a partir de https://goo.gl/DqSnGU
  • Vergara, A. (2015). Compra y calla. Revista Poder. Recuperado a partir de https://goo.gl/9jqtoa

[1] La frase “institucionalización del aburrimiento” ha sido desarrollada originalmente en un video del Colectivo Caracol Urbano del 2013 para una exposición en el Museo de la Ciudad de Guadalajara, titulado Los cuerpos que deambulan por la ciudad desierta, disponible en Vimeo.

Nota: El presente texto obtuvo el tercer lugar en el II Concurso Nacional de Crítica Arquitectónica, realizado en Perú, 2017.

* Conoce todos los resultados del concurso aquí

Sobre este autor/a
José Rojas Quiroz
Autor
Cita: José Rojas Quiroz. "Chimbote y la institucionalización del aburrimiento" 23 nov 2017. ArchDaily Colombia. Accedido el . <https://www.archdaily.co/co/883882/chimbote-y-la-institucionalizacion-del-aburrimiento> ISSN 0719-8914

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