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Era tal la importancia de su existencia que nunca me dediqué a especular sobre su ausencia hasta el día de hoy. Las obras no bastan; se necesitan sus dibujos, maquetas, y posturas para entender el lugar que Zaha Hadid ocupaba en la arquitectura mundial. Era un punto de referencia—contra-ejemplo de muchos, pastor de otros—cuyo trabajo servía de termómetro para comprender el momento político, económico, y visceral de la arquitectura en un momento determinado. Para mí, era la propuesta que hacía frente al genérico consenso de la caja blanca, abriendo caminos por encima del prejuicio y la técnica a través de una arquitectura líquida y radical. Me quedo con su representación gráfica: la manera en que la topografía construye un edificio y los espacios se derriten unos con otros, transgrediendo el significado de sus componentes. Aplaudo las columnas habitadas del Phaeno en Alemania, los sinuosos louvers del MAXXI en Roma, y sus imponentes cubos de elevadores; celebro el inmenso claro de la alberca olímpica y la graciosa plástica con la que sus trampolines se ubican frente al agua; envidio e imito sus perspectivas sobre hojas negras que tanto me emocionaron a lo largo de la carrera. Insisto, era parte de un equilibrio necesario para combatir las formulas académicas, gremiales, e inmobiliarias que cambiaron la voluntad por la justificación; que hoy se escudan en la excusa para hacer lo menos posible dentro de una tímida arquitectura de la disculpa. Ver más Ver descripción completa
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