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Se nos encargó hacer una torre de vidrio que albergara todo lo que tenía que ver con los computadores de la universidad. La pregunta que nos hacía la universidad era si ahora que tenemos computadores va a cambiar sustancialmente la manera de enseñar y por tanto las tipologías arquitectónicas que usamos para espacios educativos; nos preguntaban ¿tiene sentido todavía hablar de “salas” ahora que estamos ubícuamente conectados ? El tema de los computadores tiende a basarse en una fe un poco desmedida en que ellos van a cambiar radicalmente nuestra vida. Eventualmente lo han hecho y lo seguirán haciendo, pero queríamos poder dudar de si efectivamente se produce algún cambio. Nuestra respuesta se dividió en 2: Si y No. No cambia, porque nada va a reemplazar a la más arcaica y efectiva manera de transmitir conocimiento de una generación a otra, que es por medio de buenas conversaciones entre personas (da igual que sea entre maestro y discípulo o entre estudiantes) a la sombra de un buen árbol, o tomándose un buen café o encontrándose al paso en un buen corredor. Creíamos que la mera mas convencional de enseñar, está cautelada por las normas (iluminación, visión, acústica). En cambio el aprendizaje informal no lo cuida nadie y nos pareció que ahí había oportunidad de proyecto. Para ello pensamos que la placa de la torre podía asumir la forma de planos inclinados de madera en los cuales echarse entre horas de clases, a tomar el sol o la sombra de la propia torre o del parque según fuese la época del año. El espacio de 9 alturas entre la torre de cemento y la de vidrio lo concebimos como la magnificación de la conversación de pasillo. Y en ese sentido no sólo nos parecía que el aula da los mismo si cambia o no, si no que lo que debíamos era movernos tan atrás como fuera posible (en vez hacia delante) hacia formas primitivas de ser y estar. Ver más Ver descripción completa
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